jueves, 25 de marzo de 2010

Griñán, plenos poderes. Adiós al chavismo.

Es curioso ver cómo se ha gestado la sucesión de Manuel Chaves en la presidencia de la Junta de Andalucía. Político incombustible y ministro con el gobierno de González en la década de 1980, fue elegido por primera vez al cargo en 1990, tras la caída en desgracia del entonces presidente, Rodríguez de la Borbolla, enfrentado permanentemente con el entonces todopoderoso Alfonso Guerra. Mantuvo su puesto en pleno fragor de la crisis política y moral de mediados de los noventa y consiguió sortear los obstáculos para seguir en el aparato del partido después de la retirada de González. Es más, en 2000 fue elegido presidente del partido en el Congreso que eligió al actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero como secretario general del PSOE.

En diciembre de 2007, Chaves fue reelegido candidato a la Junta por el Comité Director de su partido, a pesar de que ya algunas voces sacaban la quiniela sucesora, en cuya cabeza estaba Mar Moreno, entonces presidenta de la Cámara autonómica. Chaves revalidó la mayoría absoluta en las elecciones autonómicas y consiguió, en abril de 2008, ser investido por sexta vez consecutiva como presidente de la Junta, sucediéndose a sí mismo. En el curso de aquel verano ya comenzaron a aflorar nuevamente los rumores de una posible retirada de Chaves antes de 2012.

Inesperadamente, en marzo de 2009, en vísperas de una crisis gubernamental, y según fuentes periodísticas de toda solvencia, Zapatero -que ya había sido elegido presidente en 2004 y reelegido en 2008- ofreció a Chaves irse a Madrid como ministro de Política Territorial, petición que el dirigente andaluz aceptó no sin antes imponer el nombre de su sucesor: el entonces vicepresidente económico de la Junta, Pepe Griñán, en detrimento de la eterna aspirante, Mar Moreno. En abril de 2009, tras la crisis del Gobierno central, Chaves abandonó la presidencia de la Junta y se instaló en Madrid con el rango de vicepresidente tercero. Pocos días más tarde, se formalizaba la sucesión con la investidura de Griñán como presidente de la Junta. El nuevo Gobierno era continuista pero ya daba entrada a algunos miembros de nuevo cuño, de la onda del nuevo jefe del Ejecutivo. A partir de entonces la bicefalia entre Chaves, secretario general del partido en Andalucía, y Griñán, presidente de la Junta, produjo algunos desencuentros que impedían a éste tener las manos libres, máxime en un momento de grave crisis económica y con unas encuestas vaticinadoras de un más que probable declive. Así pues, fue necesaria la convocatoria extraordinaria de un Congreso para entregar a Griñán la vara de mando tanto en el partido como en el Gobierno, como es costumbre en nuestro país -costumbre importada, por cierto, de Reino Unido y de los países escandinavos-.

En el Congreso extraordinario del PSOE andaluz lo que ha quedado claro es que Griñán no se encuentra con ninguna oposición. Es justo la lectura inversa de la oficial, que declara y proclama a los cuatro vientos un apoyo unánime. Vamos, lo que se llama un congreso a la búlgara. Es cierto que Griñán tiene oportunidad para consolidarse como candidato a la Casa Rosa en 2012, pero para ello deberá de sensibilizar a las bases del partido, tanto militantes como simpatizantes. La crisis económica devastadora está haciendo mucho daño a sus expectativas electorales, pero hoy puede rectificar. Mañana también. Pero no cuando el desgaste ya sea irreversible, en torno a finales de año y principios de 2011, en plena campaña por las municipales. Ahora se acaba definitivamente el cartel de presidente interino que algunos le habían vaticinado. El chavismo ha muerto: ha llegado la era del griñanismo.

En cuanto a la remodelación del Consejo de Gobierno, consecuencia natural y cantada por todos desde la asunción del liderazgo del partido, algunos aspectos me han parecido muy acertados, por qué no decirlo. Por ejemplo, la supresión de dos consejerías. Veo que ha tirado de políticos con experiencia, como es el caso de Paulino Plata –con una labia poco común-, que regresa como consejero de Cultura. También veo positiva la separación de Economía y Hacienda –práctica que se considera propia de la derecha-. Mis ideales socialdemócratas no están reñidos con el pragmatismo, y se ve que los de Griñán tampoco. No tiene por qué ser el mismo el que estimula el crecimiento económico que el que recauda impuestos con el fin de redistribuir ese crecimiento. Además, es positivo que el crecimiento se una a Ciencia e Innovación, y que se potencie el crecimiento del peso de esos sectores en el PIB regional, de una vez por todas.

Lo que no entiendo es por qué algunos consejeros, como la de Justicia, Begoña Álvarez, han caído en la remodelación, cuando ni siquiera han podido aprobar algunos de sus proyectos estrella, como la reforma de la justicia y su adecuación a la nueva oficina judicial. Otro caso controvertido es el de Martín Soler, aunque algunos medios de comunicación apuntan a que su salida se debe a su supuesta conexión con la Operación Poniente en la provincia de Almería. El caso de Juan Espadas parece claro, porque algunos ven en él al candidato a suceder a Monteseirín al frente del Ayuntamiento sevillano. Me parece lógico que haya un Gobierno limpio de cualquier sospecha, no debe haber gente dudosa gestionando la cosa pública.

También ha sido nombrado un nuevo portavoz del grupo socialista en el Parlamento. Se trata del onubense Mario Jiménez. No lo conozco, ya lo juzgaré por sus palabras cuando llegue el momento. Desde luego, Manuel Gracia se ha movido con soltura desde que asumió el cargo allá por 2004.

Otro tema delicado a tratar es la salida del alcalde de Sevilla y su retirada el año que viene, tras las elecciones municipales. Algunos quieren que lo releve su número dos, otros que el mismísimo Alfonso Guerra. Para crear a Espadas una pista de aterrizaje ante su eventual candidatura, por ahora se le ha nombrado Delegado del Gobierno en Andalucía. También están en la agenda otras candidaturas a las capitales, como las de Cádiz, Córdoba, Málaga o Almería, máxime cuando en todas, excepto Córdoba, los candidatos de los últimos comicios han huido en desbandada después de unas soberanas y previsibles derrotas electorales. En todos estos problemas deberá reparar Griñán cuando toque el momento de destapar la caja de los truenos, es decir, las listas electorales, motivo de bofetadas por doquier.

Sin embargo, el movimiento más comentado por la prensa ha sido el nombramiento de Mar Moreno, la favorita de Zapatero para suceder a Chaves, como consejera de la Presidencia y portavoz del Ejecutivo. Ha colocado a una de las figuras al frente de la "cara amable" del Gobierno andaluz, con vistas a su colocación en una posición de ventaja de cara a la sucesión del propio Griñán, que cuenta con 64 años. En cualquier caso, otra que ha salido muy reforzada ha sido la ex díscola de IU Rosa Aguilar, que amplía sus competencias sobre la extinta consejería de Vivienda y Ordenación del Territorio, amén de la que ya ejercía como consejera de Obras Públicas y Transportes.

Ahora Griñán ha podido formar el gobierno que ha querido. No valen excusas si a partir de ahora la gestión gubernamental es ineficiente. Se le podría perdonar algún error hasta su elección como secretario general del PSOE andaluz, pero ahora debemos ser muy exigentes con él, que lidera una comunidad autónoma con un millón de parados. Ahora tiene en sus manos todo el poder, y yo preveo que desmantelará poco a poco el aparato chavista, aunque mantenga a Luis Pizarro en Gobernación y Justicia. A partir de ahora lo que queremos los andaluces son resultados, aunque ya debería de haberse puesto las pilas en abril de 2009.

Hasta ahora hemos disfrutado de dieciséis años de chavismo sin cortes publicitarios –veinte, si se cuentan desde el acceso de Chaves a la presidencia de la Junta en 1990-. Ahora, después de un año de chavismo sin Chaves, toca el turno del griñanismo. Ya veremos en qué cambia, y cuánto dura. Ojalá sea un cambio sincero y positivo y no como los cambiazos de antaño.

2 comentarios:

  1. Es un poco triste que incoscientemente demos por hecho el continuismo socialista en la Junta de Andalucía. Los jóvenes andaluces hemos nacido en la era de la Andalucía socialista, no hemos conocido otra cosa. Yo nací con Rodríguez de la Borbolla, crecí con Manuel Chaves y temo llegar a la plena adultez bajo el gobierno de Griñán.
    Y como yo supongo a muchos jovenes andaluces.

    Hay un dicho muy bueno que dice que no hay ciego mejor que el que no quiere ver, el PP, la única alternativa real -no digo ideal- es incapaz de ganar la Junta simplemente porque es incapaz de renovar su liderato regional -Arenas-.

    De todas formas yo no me atrevería a bautizar al Griñanismo. Tampoco creo que en el pasado existiera el borbollismo.

    El caso de Cháves es distinto. Un auténtico zorro político que ya mostró maneras como ministro felipista, ahí se forjó el titulo de Barón y rehuyendo toda política con su carácter taimado ha sabido gobernarlos a todos. Manolo las mata callando y cuando sus rivales le recordaban sus fallos, el buen ceutí sacaba el baul de los recuerdos y susurraba a los andaluces de la autonomía que como no le votaran a el los perseguiría el señorito Arenas a caballo para volver a explotarlos en en el Cortijo olivarero.

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  2. Hasta que Chaves fue elegido por vez primera secretario general del PSOE andaluz, en 1994, el verdadero presidente de la Junta de Andalucía, dueño y señor de su destino, era el vicepresidente Alfonso Guerra.

    Eso no sólo lo dicen la derecha y el Partido Andalucista, sino también los hechos hasta entonces acontecidos. Por lo que, con anterioridad al chavismo, había guerrismo, evidentemente. Escuredo fue un instrumento del aparato nacional para dar tintes andalucistas sin ningún contenido real a un PSOE necesitado de ganar en Andalucía para gobernar en España. Cuando empezó a quejarse por las transferencias –que estaban dotadas de un acompañamiento financiero muy escuálido-, le forzaron a dimitir. Total, ya no era necesario. Ya habían conseguido el Gobierno de la Nación. Corría el año 1984, y José Rodríguez de la Borbolla, Pepote, que había sido número dos en el Gobierno de Escuredo, fue elegido presidente de la Junta, con el objeto de pilotar la Administración regional desde la Moncloa. En 1986 fue reelegido presidente, con mayoría absoluta para el PSOE, pero diferencias insalvables con el guerrismo, y la desconfianza personal del vicepresidente hacia De la Borbolla, provocaron su ingreso en la UVI política en marzo de 1988, cuando fue apartado de la secretaría general del PSOE andaluz (que ejercía desde su fundación en 1977). Desde ese momento, o incluso antes, y de hecho, ya le había sido colgado el San Benito que le impediría ser de nuevo candidato en 1990, a pesar de su insistencia y de la de sus colaboradores.

    El aparato del partido colocó al entonces ministro de Trabajo, Manuel Chaves, como nueva marioneta de Guerra en la cabeza del Gobierno andaluz. Pero Chaves era más listo que el hambre, y al dimitir el vicepresidente consiguió desprenderse de su tutela, por lo que en 1994 se unió al carro de los renovadores, de los felipistas, y los guerristas perdieron su bastión andaluz y, con ello, su capacidad de decisión en la política autonómica. Así hasta hace un mes, en que acabó la historia.

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