Hace pocos días disfruté en el cine de The Road (La Carretera), adaptación al celuloide de la célebre novela homónima de Cormac Macarthy. Desde luego, me encontré con un elemento un pelín independiente mi voluntad: mi absoluta soledad en la sala –desde luego, es normal en ese cine un día entre semana-. Aparte de este detalle, que me permitió afrontar, sin molestia alguna, la incorporación de mi mente a lo que reflejaba la pantalla.
Al principio me hice una pregunta: ¿seré capaz de “leer” el mensaje de la obra? Desde luego el comienzo hizo florecer en mi cabeza una emoción: aburrimiento. He comprado una entrada para nada. Pero, afortunadamente, salí razonablemente satisfecho de la sala, aunque claro, con el “hándicap” de haber acudido a ella sin haber leído previamente la novela. Aunque por mis oídos ha entrado la idea de que la novela escrita es aún más melancólica y existencialista que la propia película.
El público estándar ha dicho que la película es insustancial, que no transmite ningún mensaje. Desde luego está equivocado, a mi juicio. Pienso que ese hipotético apocalipsis –que, en cierto modo, ya está presente en nuestras vidas, y si no que se lo pregunten a los desempleados- deja la puerta abierta a la manifestación de los instintos más primarios del ser humano. Parece que no es casualidad su estreno en tiempos de decadencia social y económica.
Para los protagonistas, el mundo se convierte en una suerte de carroña que va agotándose, por lo que ven que si no cambian de forma radical su manera de comportarse, su vida no durará más de dos telediarios. El padre y el niño se comportan como el perro y el gato: el primero, astuto, desconfiado y pesimista; el segundo, cándido, generoso e ilusionado. La desconfianza hace que vayan mudando de un lugar a otro, sin un rumbo claramente prefijado, aunque con un horizonte común, que parece ser el sueño de encontrar, ya en orillas del Atlántico, una civilización casi diezmada por el apocalipsis.
La adaptación a circunstancias muy adversas, en un momento en el que la humanidad está prácticamente extinguida y que solo sobreviven gracias a lo que otros, ya fallecidos -o moribundos en el mejor de los casos-, han dejado en su camino a la muerte. Canibalismo puro y duro; la voluntad humana doblegada hasta un límite extremo que provoca la "animalización" y la vuelta al privitimismo. Un hombre sin emociones, con solo un pensamiento: sobrevivir. No hay proyectos de futuro ni planes preconcebidos. La salvación, si se produce, será de pura casualidad, y será independiente de la voluntad de los protagonistas. Aquí me queda claro que la naturaleza no es ni buena ni mala, y es cruel para unos y afortunada para otros. No me queda más remedio que remitirme a estas palabras pronunciadas por científicos norteamericanos en la década de 1990.
En el desarrollo del film entra en juego una teoría psicológica, la denominada pirámide de Maslow, según la cual existe una jerarquización de las necesidades, por lo que solo pueden satisfacerse otros deseos si la supervivencia está garantizada. Sobra todo cuanto explique de ella porque es evidente su reflejo a lo largo de toda la historia de la película.
Repito que para entender el argumento central de esta obra no basta con ver y escuchar. Hay que pensar. La filosofía está muy presente en su planteamiento y en la idea que debe entrar en nuestra mente. Es absolutamente necesario.
Espero que os haya gustado este mi primer comentario. Podéis comentarme los errores que hayáis visto en el post, o vuestras opiniones o sugerencias, siempre estoy abierto a ellas y afinaré para que los próximos posts sean mejores, y que yo esté por entonces más ducho en el contexto de la película. Gracias por vuestra lectura.
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