“Sea cual sea el resultado, esta elección provocará que Reino Unido abandone, siquiera temporalmente, la cultura cincuentenaria de gobiernos monocolores”
La convocatoria electoral de 6 de mayo de 2010 está que arde. Tres candidatos reflejan las posibilidades de la baraja británica, con un palo revalorizado en los últimos meses. El típico bipartidismo ha restringido tradicionalmente la elección a sólo dos rostros. Ahora toca que los ciudadanos muestren qué cara lleva el as, aunque la carta más elevada no asegura la permanencia o en su caso la entrada en Downing Street, 10. Los ases tienen los siguientes nombres: Gordon Brown, David Cameron y Nick Clegg.
La política británica ha sufrido un vuelco inimaginable solo cuando tres años atrás, allá por junio de 2007, Tony Blair cediera el testigo del gobierno a su correligionario y otrora rival, Gordon Brown. La continua caída de popularidad del ejecutivo laborista y el refrescado liderazgo de tories y liberal-demócratas ha abierto las puertas al cambio en el Parlamento y, por ende, en la residencia del primer ministro.
Por si fuera poco, el escándalo relativo a las dietas de los parlamentarios –cargando a cuenta de los contribuyentes, por ejemplo, la onerosa reparación de una mansión de Midlands-, los desplomes de importantísimas entidades bancarias –amortiguados con préstamos salidos del fisco- y el creciente descontento con los patinazos verbales del premier, entre otras vicisitudes dignas de mención en otro post, como las disidencias internas del laborismo gobernante, han dado al traste con una cómoda reelección de Brown, que se preveía en los primeros meses de su gobierno por medio de elecciones anticipadas. El primer ministro desde entonces renquea en todas las encuestas y en los últimos meses de legislatura su adversario Cameron –que no Camarón- constituye una seria amenaza para su futuro político. Además, y según todas las encuestas recientes, corresponde a los wighs el interesante y complicado papel de inclinar el balance of power a la agrupación tory o a la laborista. Evidentemente, aunque los analistas apuestan por una mayor facilidad para formar un gabinete Brown-Clegg, no resulta imposible, debido al desgaste del actual primer ministro, un respaldo a un ejecutivo conservador.
Después de haber visto parte de los tres debates electorales, y al hilo de la metáfora anterior, es evidente que cada candidato muestra las cartas que le interesan, no sin dosis de demagogia: Cameron, la expulsión de inmigrantes ilegales y la revisión, en sentido nacionalista, de sus relaciones con Bruselas; Brown, el reconstituido sistema público de salud y su dilatada experiencia como gestor económico; y Clegg, la implantación de un sistema electoral más proporcional y las rebajas fiscales a las clases medias.
Como hemos podido ver, ninguna carta de ningún aspirante es enteramente incompatible con ninguna otra, pero, por ejemplo, ¿no sería desastroso para los tories la modificación del sistema electoral, que reduciría a buen seguro su presencia en la Cámara de los Comunes? ¿Por qué Brown no ha aplicado algunas medidas de estímulo económico previstas por Clegg en sus tres años de gobierno coincidentes con la crisis? ¿O sería Cameron capaz de frenar las ansias europeístas de Clegg o hacer frente a la imposibilidad técnica de repatriar a todos los ilegales? Al haber combinaciones para todos los gustos, yo veo mis augurios y mis preferencias.
Un Gobierno monocolor tory provocaría un alejamiento inmediato respecto de los socios europeos y acabaría replanteándose el tema de siempre, muy agitado por los nacionalistas británicos, faltos de un imperio de referencia: ¿Qué hacemos en la Unión Europea y para qué la queremos? Evidentemente eso es la demagogia preferida del Partido Conservador. Un Gobierno liberal, en cambio, sería duramente criticado por sectores conservadores de la sociedad, con medidas como la “amnistía” para ilegales sin antecedentes penales o la posible entrada en el euro –que, a mi juicio de profano en economía, vendría muy bien para las exportaciones al resto de Europa-. Este gabinete sería una suerte de experimento y si llega a formarse así me doy con un canto en los dientes. No resisto la tentación de compararlo con Zapatero, el del primer mandato. Y, para terminar, un nuevo mandato de Brown, con respaldo parlamentario exclusivo, no da mucha imaginación para mi intelecto, por lo que voy a omitir comentarios sobre ello. Sería como el Zapatero del segundo mandato.
Lo que sí tiene más visos de prosperar es una lib-lab coalition –que, por cierto, ya existió en la década de 1970-, con una política social muy similar, o una coalición entre tories y liberal-demócratas, unidos por sus propuestas de rebaja fiscal, aunque lejanos en temas europeos y de protección social. Cuando el pueblo británico diga cuál es el as que habite a partir del día siguiente en Downing Street, y en función de la correlación de fuerzas existentes en el Parlamento, se decidirá la composición del nuevo Ejecutivo, que tiene ante sí la obligación de plantear ajustes aún más duros y recortes presupuestarios mayores a los anunciados en la campaña electoral.
Ojalá los británicos elijan lo más adecuado –el pueblo puede equivocarse, hay precedentes muy conocidos-, y que sus representantes consigan dar con la mayoría parlamentaria que hará factible sus deseos y aspiraciones por medio de la recuperación económica. Sea cual sea el resultado, esta elección provocará que Reino Unido abandone, siquiera temporalmente, la cultura cincuentenaria de gobiernos monocolores y abrace la posibilidad de un primer ministro en minoría o en coalición con otra fuerza política. Y espero sinceramente que, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado, no se vea en la ausencia de una mayoría parlamentaria un signo de debilidad. No deja de resultarme curioso que un país con una clara vocación pactista, tal y como ha demostrado la historia, excluya ese espíritu cuando se trata de mirar hacia el futuro y decidir la política a aplicar para los siguientes cinco años.
Yo, desde luego, no estaré contento con ningún gobierno hasta que no sustituyan las millas por kilómetros y los coches empiecen a circular por la derecha. Lástima que no haya ningún as con esas propuestas, que acercarían a Reino Unido a la vera de la Europa continental con de forma mucho más efectiva que todas las uniones económicas y de defensa juntas. Pero es evidente que con esos proyectos como bases del cambio solo se puede estar en la marginalidad política.
La puerta de Downing Street, 10, está hoy cerrada. Ahora toca decidir quién tendrá la llave para abrirla a partir del 7 de mayo, y si lo hará solo o algún socio –ahora contrincante- tendrá que ayudarle a hacerlo. Alea iacta est.
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Esperar que los británicos conduzcan por la derecha y adopten el sistema métrico decimal es esperar demasiado en mi opinión.
ResponderEliminarYa puede ganar las elecciones cualquier partido que jamás cambiaran el combo tradicional del te, la reina y el volante a la derecha, son sus signos de indentidad característicos (y el Peñón como ilusión de su pasado imperial).
Lo cierto, es que gane quien gane, y yo prefería el poco probable Clegg, un acercamiento a la UE por muy europeísta que fuese es bastante improbable y mucho menos adoptar el euro. El Parlamento echaría abajo cualquier iniciativa (viendo el presente, no prediciendo el futuro)y la reina se las arreglaría para obstaculizar toda iniciativa.
¿La razón de tanta especie de "eurofobia"?
Los británicos perciben la comunidad europea y quizás muy acertadamente, como un invento económico alemán para dominarlos a todos y un rostro francés para dar un cierto legitimismo que a Berlín le falta por culpa de Hitler y a París le sobra, aunque no siempre lo merezca.
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