miércoles, 20 de octubre de 2010

La debacle del debate

El régimen parlamentario español tiene un problema ya crónico: el hastío nacional durante las sesiones ordinarias, que se extiende también, y para nuestra desgracia, en los debates de significada importancia política, de estilo mitinero y efectista, y a los que les preceden interesadas filtraciones sobre el contenido de las intervenciones de cada líder parlamentario.

Al contrario que en las encuestas de opinión, la actitud de la clase política parlamentaria coincide grosso modo con la actitud ciudadana de cara a tanta palabrería prefabricada. De ahí que podamos visualizar desde la tribuna de invitados a diputados leyendo el periódico –el deportivo, eso sí-, resolviendo los fascinantes sudokus o simplemente ausentándose por eso del cigarrito. Además, los ex ministros nos deleitan con sus poses de notables defenestrados, siempre y cuando no hayan renunciado al escaño.

Cumplidos ya más de treinta años este ritual, es necesario realizar un balance, no del estado de la Nación, sino de los debates en sí. La caduca y rígida fórmula de los parlamentos decimonónicos aún pervive gracias a la férrea disciplina partidista y a la incapacidad de nuestra clase política para ofrecer una mayor frescura e inteligencia, cualidades necesarias a espuertas en esta etapa crítica. No se trata de sustituirla por el espectáculo del Parlamento italiano pero sí de adaptar a la cultura hispánica el decano y sólido modelo anglosajón de las question time, las preguntas a bote pronto y las discrepancias no fingidas entre el Gobierno y los parlamentarios de la mayoría que lo sostiene.

Así que a evitar eso tan cacofónico de la debacle de los debates, que sólo benefician a las elites de los partidos que participan en ellos para así movilizar y jalear a los de su equipo. Y, además, los españolitos parlamentarios van a tener que recorrer en unos pocos años el camino que los británicos y estadounidenses han construido y perfeccionado a través de la costumbre a lo largo de varios siglos.

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